lunes, 8 de agosto de 2011

¿Crees en fantasmas?

¿Crees en los fantasmas? Ésta es una pregunta que todos, en algún momento de nuestra vida, hemos hecho o hemos escuchado de alguien más, pero en ocasiones hay que fijarnos bien de “quien” proviene esa pregunta. Déjame contarte una historia.
Me encontraba de viaje en un pequeño pueblo de la península Mexicana, un sitio con poca fluencia turística pero que me ofrecía un paisaje pintoresco, una comida tradicional deliciosa, un cómodo lugar donde pasar la noche y sobre todo una buena dosis de tranquilidad, o al menos eso creía.
Llegué un poco más tarde de lo que esperaba y el día agonizaba para así dar paso a lo que se pronosticaba como una noche fría y lluviosa. Era otoño y a pesar de la ola de calor que azotaba a gran parte del país, aquel poblado parecía ajeno al clima global; la atmosfera se tornaba densa, las sombras envolvían los serpenteantes caminos empedrados, las siluetas de los árboles mecidas por el viento daban el aspecto de criaturas fantasmales al acecho, todo aquello merecedor de pertenecer a una novela de misterio.
La puerta de la posada “El Caballo Negro” crujió al abrirla, las viejas bisagras empotradas a aquella pieza de madera parecían desprenderse con cada movimiento. El interior del lugar no era menos viejo que su acceso, con un aspecto bastante rústico y lleno de polvo. El mostrador estaba vacío, así que llame con un golpe sobre la madera: nada. De mi lado derecho se encontraba un pasillo largo y obscuro iluminado solo por la tenue luz proveniente de un antiguo candil a la mitad de éste. A la distancia logre divisar una silueta deslizándose por en medio de las sombras, pensé que se trataría del encargado o algún otro inquilino así que llame.
-¡Hola!- no obtuve respuesta, solo silencio, pero al girar nuevamente la vista hacia el mostrador me lleve un gran susto al ver ahí una persona parada. Era un señor de edad, de aproximadamente unos sesenta y cinco o setenta años, con la piel blanca y cuarteada por la edad y la resequedad, de un aspecto más bien anémico, con los pómulos muy marcados, unas manos esqueléticas y una mirada penetrante a través de esos ojos negros, tan negros como la misma noche.
-¿Qué desea?-. me pregunto con una voz gruesa e inexpresiva.
-Eh….-. Dude por un instante -Quiero una habitación por favor-. Mi voz sonaba algo temblorosa, aquel sujeto no apartaba la vista de mi y por alguna extraña razón sentí miedo así que desvié mi mirada hacia otra dirección -Tienes que registrarte-. Debajo del mostrador saco una libreta desbaratada -Son cien pesos la noche-.
Tarde algunos minutos en anotar mis datos en aquellas hojas amarillentas, minutos algo tensos, y mientras escribía el anciano lanzó una pregunta con voz hueca: -¿Crees en los fantasmas?-. Levante la cabeza y le dirigí una mirada de sorpresa y confusión, y sin darme tiempo a contestar me dijo -Deberías-. dejo una llave sobre el mostrador y se dirigió hacia una puerta detrás de él perdiéndose en las sombras de aquél umbral. Con un aire de incredulidad e incomodidad me dirigí a mi cuarto asignado.
La intensa lluvia golpeteaba sobre la única ventana de mi habitación de la misma manera en que la pregunta de aquél extraño viejo golpeaba mi cabeza. Era tarde y me sentía exhausto por el viaje, pero por alguna razón no lograba conciliar el sueño. El hipnotizante movimiento de la llama danzarina que iluminaba aquél recinto estaba por extinguirse, así que me levante a cambiar la vela. Al enderezarme en la cama vi una silueta fuera de mi ventana, situación que se figuró extraña debido a la tormenta, además debía ser una persona algo pequeña por el reflejo. Fue cosa de segundos cuando decidí levantarme e ir a echar un vistazo y en el momento justo de asomarme a la ventana llamaron a mi puerta.
-¿Quién es?-. Nadie me contestó, pero seguían tocando a la puerta cada vez con más fuerza. Debido al hilo de luz que se colaba por debajo distinguí la sombra de una persona pero al abrir la puerta no había nadie, solo aquél lúgubre pasillo y un fuerte olor a nuez. Un ruido dentro de mi habitación me distrajo de mis pensamientos, gire y vi que la ventana se encontraba abierta, inspeccioné la escena y me sorprendí al darme cuenta que la ventana tenía el seguro por dentro. Dude unos cuantos minutos pero al fin me decidí en ir a hablar con el encargado.
-Disculpe-. Dije tocando la vieja madera del mostrador. Aquel viejo volvió a sorprenderme saliendo de otra puerta que no había visto en un inicio; no dijo nada, solo un leve gesto que mostraba indiferencia -Alguien ha estado molestándome en mi habitación, han llamado a mi puerta y han abierto mi ventana-. Lejos de sorprenderse, el viejo hizo una mueca de sonrisa y se limitó a decir: -Intente descansar, yo le aseguro que en este lugar no hay nadie más excepto usted-. No le di mucha importancia a esas palabras y regresé molesto a mi habitación por la actitud de aquél singular personaje.
Pasaban de las dos de la mañana y yo seguía dando vueltas en la cama conciliando el sueño en lapsos de quince o veinte minutos, el más mínimo ruido me ponía en estado de alerta. Escuchaba pasos fuera de la recamara, voces murmurando en los rincones, el crujido de la ventana, gritos en la distancia arrastrados por el viento gélido, el peso de objetos cayendo al suelo; hasta que un súbito portonazo me despertó. Eran las seis y cuarto de la mañana y sabía que me sería imposible seguir intentando descansar en aquél ambiente sombrío.
Preparé mis cosas para continuar con mi jornada y salí de mi habitación para entregar la llave. Llamé varias veces pero nadie se apareció. La puerta detrás del mostrador estaba cerrada con candado. Busque por todo el lugar sin poder encontrar al esquelético encargado. Salí de la posada pensando que tal vez se encontraría barriendo el patío pero nada, ni rastro de él. A la distancia divise una garita, me sorprendió no verla la noche anterior. En la puerta se encontraba un señor de edad media de tés morena, al acercarme hizo un gesto de incredulidad al verme.
-Buenos días-. Le dije -Quiero entregar la llave de una habitación pero no encuentro al encargado, ¿usted me podría hacer el favor?-. Su cara reflejaba sorpresa y me hizo preguntarle qué es lo que sucedía, el me contesto: -¿Usted se quedó ahí a pasar la noche?-. Contesté afirmativamente, él solo se rió y me explico que esa posada estaba abandonada hace años, que él era el velador del predio y había escuchado historias extrañas entorno al lugar. Me quedé sin aliento y un frio estremecedor recorrió mi nuca, dirigí la mirada a aquél lugar y logré comprender el significado de las palabras del fantasmal viejo, realmente en ese lugar no había ninguna otra persona….excepto yo.

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