El cultivo sin labranza es una práctica clave de la agricultura regenerativa que busca proteger el suelo evitando su remoción constante. Al no arar, se conserva la estructura natural del suelo, se reduce la erosión, se mejora la retención de agua y se favorece la vida microbiana. Combinado con cubiertas vegetales, rotación de cultivos y aporte de materia orgánica, este sistema aumenta la fertilidad a largo plazo, reduce la dependencia de insumos externos y contribuye al secuestro de carbono, haciendo la agricultura más resiliente y sostenible.
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