domingo, 7 de agosto de 2011

El fotógrafo de guerra que no miró a la muerte

El misterio recorre la biografía de un pionero que ha dejado un legado de miles de imágenes de valor incalculable.


Quienes le conocieron le describen como un amable reservado. Guillermo Zúñiga (Cuenca, 1909-Madrid, 2005) "era serio, pero no triste, cariñoso sin ser besucón, hablaba muy poco, despacio, siempre con un punto de ironía, no era un gran conversador a no ser que tratara de cine y, sobre todo, de cine científico", le recuerda su hija Teresa. Un tímido que anduvo entre los grandes acontecimientos de la Guerra Civil, siempre en el lado del Gobierno legítimo.

En los fondos que el Ministerio de Cultura compró a Tino Calabuig creador de la galería Redor en los sesenta y en los miles que la familia donó a la ASECIC, y destaca la cercanía de Zúñiga con los sujetos que retrata. Apenas hay épica. El tratamiento del testimonio es más natural que en fotógrafos como Robert Capa. Zúñiga no se muestra con la necesidad de ir a los momentos más crudos y peligrosos, a la sangre o las víctimas. Zúñiga es un gran retratista, elige a quienes se vieron arrollados por las armas y la muerte, antes de morir.

El padre del cine científico en España se movió como un testigo silencioso entre las trincheras y las calles, entre un combate y otro, entre los tiros y las explosiones. Cuando todo estaba en calma, él salía con su cámara a recuperar los instantes de transición de una guerra. Las fotografías de Zúñiga combinan el talante de un cineasta amante del análisis de las pequeñas cosas y el de un fotógrafo interesado en los gestos cotidianos. Los soldados brigadistas a la espera en la calle Fuencarral de Madrid, los testigos que se acercan a ver en qué estado ha quedado la ciudad después del bombardeo, el cigarro de las trincheras cuando baja el fuego enemigo, la lectura de los periódicos o esa extraña cabeza de toro [a la izquierda] que, a la espera del ejército sublevado, deja una imagen inolvidable del humor absurdo que también se respiró en la batalla.
Como ya avanzó ayer este periódico, apenas se sabe nada del paso por la Guerra Civil de uno de los protagonistas del cine español de la primera mitad del siglo XX, que emprendió campañas de cinematógrafo en las Misiones Pedagógicas de la II República, y fue amigo y colaborador, a la vuelta de su exilio en Buenos Aires, de Juan Antonio Bardem, en UNINCI. En estos momentos los documentalistas del Centro de Estudios de Migraciones y Exilios (CEME) tratan de entender por qué Zúñiga decidió fotografiar la contienda, si por encargo o por decisión personal. Preguntas que ni sus herederos pueden resolver.

Un ayudante con los ojos abiertos

En una de las cartas a las que estos especialistas han tenido acceso en este insondable fondo documental que califican como "vivo" e "incalculable", porque aparecen nuevos rastros y aún no han estudiado en Buenos Aires, donde mantuvo una importante actividad cinematográfica, Zúñiga, que participó como realizador, fotógrafo y montador de dos noticieros informativos en esos años, adelanta leves pistas: "Esta participación en los trabajos cinematográficos determinó que frecuentemente fuese designado para acompañar, por ciudades y frentes de batalla, a reporteros y directores de películas, que venían a la zona republicana a rodar escenas o películas completas". 

En el CEME, donde sólo llevan unas semanas de trabajo, prevén tener clasificado el archivo a finales de año. Cuando el equipo de cinco personas haya finalizado sus primeras investigaciones, entrarán a profundizar, durante un año más, en todos los documentos. Mientras, el Ministerio de Cultura, como señalaron fuentes de la Dirección del Libro, Archivos y Bibliotecas, mandará al Centro Documental de la Memoria Histórica las 300 fotos que compró a Calabuig por 12.000 euros. Cultura quiere que el resto del fondo fotográfico se conserve en el Archivo General de Alcalá de Henares y los fondos de papel en el CEME.


Sin embargo, el convenio todavía está por elaborar y firmar, como asegura Rogelio Sánchez, secretario general de ASECIC. A pesar de ello, subraya la importancia patrimonial del fondo y quiere "digitalizarlo todo cuanto antes para hacerlo público". "Lo importante es la difusión de la obra. Debe estar en un lugar acondicionado, no en una caja fuerte, como ahora. Este fondo no es nuestro, es de todos los españoles. Es un material que no se ha publicado nunca, que no lo conoce más que la familia. Zúñiga es un personaje por descubrir y no puede ser olvidado por la Historia", explica Sánchez.

"Las colecciones se salvan gracias a la sensibilidad de la gente, pero ahora necesitamos que se conserve en buenas manos, porque nosotros no tenemos recursos", explica María Luisa Ortega, de ASECIC. "Todo está muy revuelto y desorganizado. Cada vez que abres una carpeta nueva, te encuentras con más cosas. Va a requerir unos cuantos años de investigación", apunta.

Pero los herederos de Guillermo Zúñiga no están tan contentos. Por una parte no desean que se haga un "uso revanchista" de la memoria de su padre y, por otro lado, no están conformes con la compra que el Ministerio de Cultura realizó a Tino Calabuig de esos 300 negativos que estaban en su poder. Aseguran que Cultura no se ha reunido con ellos para enseñarles el contenido y que no saben nada de esas fotos.
Calabuig habló el viernes con este periódico y dijo que "conocía muy poco a Zúñiga", que Juan Antonio Bardem les presentó y que Zúñiga le pagó con esos negativos unos trabajos de laboratorio fotográfico que le pidió a Calabuig en su galería Redor, allá por 1975. El galerista destaca del fondo que ha vendido a Cultura las imágenes de trincheras en Madrid, por ser una rara referencia.

Podría haber sido Zúñiga un fotógrafo ocasional, pero nunca amateur. Las imágenes que han llegado hasta nosotros demuestran su alto conocimiento técnico de la herramienta una Leica, sus intenciones, intereses y atenciones, con puntos de vista picados, con aproximaciones a los gestos de los personajes y la dedicación a los instantes de calma, esos que tanto desesperaban a Capa. Incluso hay una imagen en los fondos de ASECIC, llamada a ser mito, en la que un soldado republicano y otro sublevado se abrazan. No parece que Zúñiga persiguiera la foto de portada del Life. Es, como Centelles o incluso Santos Yubero, un fotógrafo desde dentro, con todas sus virtudes y sus defectos.

Un objetivo omnipresente

Pero la diferencia con los fotógrafos implicados en la Guerra Civil española es que Zúñiga estuvo en todas partes: de momento, se puede asegurar que visitó el frente de Valencia allí retrató a Azaña en las Cortes y el congreso de la Alianza de intelectuales antifascistas, el de Madrid, Aragón y Barcelona. Y de allí, en 1939, pasó a Francia, donde estuvo detenido en el campo de concentración de Argelès-sur-Mer: "Como a tantos otros miles de españoles, en donde no tenían nada más que la playa, el cielo y el mar. Pasaron frío, hambre y miseria, lo que contribuyó a erosionar su salud con una bronquitis crónica que acarreó hasta el final de su vida. Su facilidad y habilidad manual le ayudó a sobrevivir: fotografió lo que veía en el campo de refugiados", recordaba su hija Teresa en el homenaje que la Filmoteca Española dio, en 2009, a Guillermo Zúñiga.

De allí le trasladaron al campo de concentración de Bram. Y una vez salió, pasó a formar parte de la Resistencia, como el cineasta y fotógrafo escribió: "Durante toda la segunda guerra europea yo permanecí en Francia trabajando y luchando al lado de la Francia Libre. Por esta actividad fui encarcelado y encerrado en el campo de concentración de Gurs, de donde me evadí cuando me iban a trasladar a los campos de concentración [y] de exterminio de Alemania". El silencio de Zúñiga se cose en estos momentos sobre el nuestro para cerrar la herida del olvido.

Fuente: Publico.es