martes, 2 de agosto de 2011

Arqueología del fin del mundo

El Quai Branly de París descifra los misterios mayas a través de una muestra de tesoros procedentes de Guatemala

Al toparse los primeros exploradores con los tesoros mayas, solo se les ocurrió una explicación a tanta maravilla: los griegos o los romanos tenían que haber pasado por allí. En contra de lo que cabía pensar, el mérito, por supuesto, era enteramente de la civilización mesoamericana y, acaso por eso mismo, el hechizo permanece, tantos siglos después, intacto. La cultura maya sigue fascinando por su impresionante arquitectura, el misterio que se desprende de sus calendarios y su elaborado sistema de escritura. El museo parisiense del Quai Branly trata de descifrar estos días algunos de los misterios más irresolubles de la civilización prehispánica, con una rica exposición centrada en los mayas de Guatemala en la que expone piezas halladas de excavaciones recientes. Es la forma en la que el centro celebra, además, su quinto aniversario y los siete millones de visitas recibidas en ese tiempo.
"Es la primera vez que estas piezas viajan a Europa y en algunos casos es incluso la primera vez que salen de Guatemala", asegura André Delpuech, conservador encargado de las colecciones de las Américas del museo. Provienen de excavaciones de los últimos 20 años, así que "son objetos que están contextualizados, se sabe de dónde proceden y cuándo fueron extraídos", añade. "Desgraciadamente muchos objetos de civilizaciones brillantes como los mayas vienen a menudo de pillajes o de excavaciones muy antiguas, por lo que nos encontramos con piezas excepcionales sin saber de dónde son".
El recorrido incluye 160 objetos, entre cerámicas, joyas, paneles y estatuas. La muestra -titulada Maya, del auge al crepúsculo- relata los más de 3.000 años de historia cronológicamente y con un marcado énfasis didáctico.
Hay algo arriesgado en fijar los límites de la muestra en las fronteras guatemaltecas: la civilización maya abarcó el sur de México, Belice y la parte occidental de Honduras y Salvador. "Es una apuesta personal, porque el público a menudo asimila los mayas con Yucatán, en México, y se conocen menos las piezas guatemaltecas", admite Delpuech.
El apartado dedicado al misterioso mundo de los calendarios mayas también resulta fascinante. Utilizaban dos tipos de ciclos: uno corto de 52 años, compuesto por una mezcla entre el calendario divinatorio y el solar, y otro largo de algo más de 5.000 años. Este sitúa la fecha de creación el día 13 de agosto de 3113 antes de Cristo. Pero sobre todo, finaliza el 21 de diciembre de 2012, algo que se ha interpretado como una profecía maya del fin del mundo. "No es una lectura muy científica", asegura Delpuech. "Que el calendario acabe en esa fecha, solo significa que empieza un nuevo ciclo, como nosotros hacemos cada 31 de diciembre".
La estrella de la exposición es la pieza que los organizadores han elegido para ilustrar el cartel. Se trata de un refinado y delicado mosaico de conchas y jade que representa al dios de la muerte y que se remonta a la época clásica reciente. Lo que no muestra la fotografía de presentación es que todo ese detalle se concentra en una figura de apenas unos pocos centímetros de alto. "Es un tesoro de una belleza extrema que solo se puede conseguir gracias al trabajo cuidadoso de los arqueólogos", apunta Delpuech.
Junto a imponentes joyas como restos de templos y estatuas de gran tamaño, abundan los objetos más pequeños. Algunos, como las puntas de lanza o los característicos paneles de escritura, sirven de testimonio del avance tecnológico, mientras que otros aportan claves sociológicas sobre la jerarquía y la organización en el seno de las ciudades mayas.
Fuente: Elpais.com