La captación de agua comienza observando cómo fluye la lluvia por el terreno. Técnicas como zanjas de infiltración, terrazas, bancales en curva de nivel, swales, y pequeños diques de piedra permiten reducir la escorrentía y aumentar la humedad del suelo. Cada gota retenida es una oportunidad para regenerar vida.
Una vez infiltrada el agua, el suelo necesita materia orgánica para funcionar como una esponja. El uso de acolchados vegetales, compost, restos de poda y cultivos de cobertura protege la superficie, alimenta la microbiología y mejora la estructura del suelo. Un suelo vivo retiene más agua, reduce la erosión y aumenta la fertilidad de forma natural.
Cosechar agua y nutrir el suelo no requiere grandes infraestructuras, sino conocimiento, observación y paciencia. Con el tiempo, estas prácticas transforman terrenos degradados en paisajes fértiles, biodiversos y capaces de sostener vida incluso en condiciones climáticas adversas.