En los últimos años, la agricultura regenerativa se ha popularizado como respuesta a la crisis climática y a la degradación de los suelos. Sin embargo, su creciente atractivo ha dado lugar a un problema creciente: el greenwashing, es decir, el uso del término “regenerativo” como simple estrategia de marketing sin cambios reales en las prácticas agrícolas.
Autenticar la agricultura regenerativa implica ir más allá de las etiquetas y centrarse en resultados medibles. Un sistema verdaderamente regenerativo se caracteriza por el aumento de la materia orgánica del suelo, la mejora de su estructura, el incremento de la biodiversidad y la reducción de insumos externos como fertilizantes y pesticidas químicos. La regeneración se observa en el suelo vivo, en la presencia de fauna auxiliar, en la retención de agua y en la resiliencia del sistema frente a sequías o plagas.
Combatir el greenwashing requiere transparencia, conocimiento y seguimiento a largo plazo. No basta con una práctica aislada o un cambio superficial: la agricultura regenerativa es un proceso continuo que transforma la relación entre agricultor, suelo y territorio. Apostar por indicadores claros, experiencias verificables y una visión ecosistémica es clave para distinguir entre proyectos que realmente regeneran la tierra y aquellos que solo utilizan el discurso de la sostenibilidad como reclamo comercial.
Defender la autenticidad de la agricultura regenerativa es, en última instancia, defender el futuro de la alimentación y del planeta, garantizando que las soluciones propuestas sean reales, profundas y duraderas.