Los viñedos regenerativos suponen un cambio profundo en la manera de entender la viticultura y la relación entre el ser humano, la tierra y el paisaje. Frente a modelos intensivos centrados únicamente en el rendimiento, la viticultura regenerativa persigue un objetivo más ambicioso: producir vino de calidad mientras se mejora activamente la salud del ecosistema.
La base de estos viñedos es el suelo vivo. Mediante prácticas como la reducción o eliminación del laboreo, el mantenimiento de cubiertas vegetales, el aporte de materia orgánica y compost, y la diversificación de especies, se favorece la vida microbiana y la estructura natural del suelo. Esto se traduce en una mayor capacidad de retención de agua, menor erosión y una viña más resiliente frente a sequías, olas de calor y enfermedades.
Los viñedos regenerativos también apuestan por la biodiversidad funcional. Setos, árboles, flores y fauna auxiliar forman parte del diseño del viñedo, creando equilibrios naturales que reducen la necesidad de tratamientos químicos. En algunos casos, el manejo planificado de animales permite fertilizar el suelo, controlar la vegetación y cerrar ciclos de nutrientes, reforzando el carácter regenerativo del sistema.
Desde el punto de vista del vino, estas prácticas tienen un impacto directo en la expresión del terroir. Cepas más equilibradas, suelos más ricos y un crecimiento menos forzado dan lugar a uvas de mayor complejidad, reflejando mejor las características del clima y del suelo. Además, el secuestro de carbono en el suelo convierte al viñedo en un aliado frente al cambio climático, aportando beneficios ambientales que van más allá de la botella.
En conjunto, los viñedos regenerativos demuestran que es posible producir vino con impacto positivo, cuidando la tierra, fortaleciendo el medio rural y ofreciendo al consumidor un producto que no solo se disfruta, sino que también contribuye a un futuro más sostenible para la viticultura y el territorio.