Los volcanes en 6 claves: por qué son destructores y creadores a la vez.
Estructura, tipos, erupciones, geografía, riesgos y beneficios
Pocos fenómenos naturales despiertan tanto respeto como un volcán. Son capaces de sepultar ciudades enteras bajo la ceniza y, al mismo tiempo, de crear los suelos más fértiles del planeta. Para entender esta paradoja hay que conocer cómo funcionan por dentro, qué tipos existen, dónde se concentran y qué riesgos y beneficios traen consigo.
Por dentro: la estructura de un volcán
Todo volcán se organiza a partir de unos mismos elementos básicos. En su interior se encuentra la cámara magmática, un depósito de magma situado bajo tierra a temperaturas de entre 900 y 1.200 grados. Desde ahí, el magma asciende a través de la chimenea o conducto, un canal que conecta esa cámara con el exterior, hasta llegar al cráter, la abertura superior por donde salen los materiales. Todo ello queda envuelto por el cono, formado por las sucesivas acumulaciones de lava y ceniza que se van depositando capa a capa con cada erupción.
Seis formas distintas de ser un volcán
No todos los volcanes se comportan igual, y sus formas responden precisamente a ese comportamiento. Existen, básicamente, dos grandes familias: los efusivos, en los que la lava fluye con tranquilidad, y los explosivos, dominados por la ceniza y las explosiones.
Entre los efusivos destaca el volcán hawaiano, con lava muy fluida y basáltica que da lugar a erupciones tranquilas y constantes, como en el Kilauea de Hawái, y el volcán en escudo, amplio y de pendiente suave, cuya lava recorre grandes distancias sin apenas explosividad, como el Mauna Loa hawaiano.
En el bando explosivo encontramos el volcán estromboliano, con explosiones pequeñas y frecuentes que lanzan bombas y piroclastos, tal y como ocurre en el Stromboli italiano; el volcán vulcaniano, de explosiones moderadas y lava más viscosa que forma domos, como su propio nombre indica; el volcán pliniano, protagonista de las erupciones más violentas, con columnas de ceniza de entre 10 y 30 kilómetros de altura, cuyo ejemplo histórico más célebre es el Vesubio del año 79; y el estratovolcán, de cono alto y empinado que alterna capas de lava y ceniza, como el Fuji o el Cotopaxi.
¿Dónde se concentran los volcanes del mundo?
La localización de los volcanes no es casual: responde directamente a la geología de nuestro planeta. El Cinturón de Fuego del Pacífico, una franja de unos 40.000 kilómetros alrededor del océano Pacífico, concentra en torno al 75% de los volcanes activos del mundo. Otro gran protagonista es la dorsal atlántica, una cordillera submarina que separa las placas Norteamericana, Euroasiática y Africana, y que se extiende a lo largo de unos 16.000 kilómetros a lo largo de un borde de tipo divergente.
Islandia, situada precisamente sobre esa dorsal, es uno de los países volcánicos por excelencia, con géiseres y volcanes activos. En Canarias, el Teide se alza en Tenerife hasta los 3.715 metros, convirtiéndose en el pico más alto de España. Y el Vesubio, en Nápoles, sigue siendo el volcán histórico más conocido de Europa: el que destruyó Pompeya en el año 79 después de Cristo. Todos estos volcanes comparten un mismo origen: se sitúan en los bordes de placas tectónicas.
Lo que sale de un volcán en erupción
Cuando un volcán entra en erupción, expulsa varios tipos de materiales, cada uno con su propio comportamiento. La lava puede ser fluida, baja en sílice, que fluye rápida y lejos formando laderas suaves y extensas, o viscosa, alta en sílice, que fluye lenta y espesa formando domos y laderas empinadas. También se producen piroclastos, fragmentos sólidos lanzados por la explosión que se clasifican por tamaño: la ceniza, con partículas finas de menos de 2 milímetros; el lapilli, con fragmentos de entre 2 y 64 milímetros; y los bloques o bombas, de más de 64 milímetros.
Un fenómeno especialmente peligroso son los lahares, una mezcla de ceniza, agua y barro que fluye con rapidez por ríos y quebradas, arrastrando todo a su paso, sobre todo tras lluvias intensas. Y no hay que olvidar la nube ardiente, un flujo piroclástico formado por gases calientes y cenizas que alcanza temperaturas de entre 100 y 700 grados y se desplaza a gran velocidad, junto a los propios gases volcánicos —dióxido de azufre, dióxido de carbono, vapor de agua— capaces de formar lluvia ácida y niebla tóxica.
Riesgos, la escala VEI y dos casos que lo explican todo
La fuerza de una erupción se mide con el Índice de Explosividad Volcánica, o VEI, una escala que va de 0 a 8: desde un volcán inactivo hasta una erupción mega-colosal de alcance global. Los principales riesgos para la población incluyen los flujos de lava, que destruyen edificios, carreteras y cultivos con un avance lento pero devastador; la caída de cenizas, que afecta a la respiración, el agua y los cultivos, y puede llegar a colapsar techos e interrumpir vuelos; los flujos piroclásticos, extremadamente letales por su velocidad y temperatura; los gases volcánicos, tóxicos y causantes de problemas respiratorios y daño ambiental; y los lahares o inundaciones, que pueden mantenerse activos incluso meses después de la erupción.
Dos casos históricos ilustran bien estos riesgos. La erupción del Vesubio en Pompeya, en el año 79, alcanzó un VEI de aproximadamente 5, sepultando Pompeya y Herculano bajo ceniza y piroclastos, con unos 2.000 muertos estimados y una ciudad que permaneció enterrada durante 1.700 años, sin evacuación ni alerta previa. Muy distinto fue el caso de La Palma en 2021, con la erupción de Cumbre Vieja: un VEI de tan solo 3, de tipo estromboliano y efusivo, que se prolongó unos 85 días, obligó a evacuar a unas 7.000 personas y destruyó más de 1.500 edificaciones, pero sin víctimas mortales, gracias a la alerta temprana y la evacuación planificada. Entre las medidas clave para reducir estos riesgos están precisamente la alerta temprana y el monitoreo sísmico, los planes de emergencia y evacuación, los mapas de riesgo, el equipamiento de protección y la educación y los simulacros comunitarios.
Lo que los volcanes también nos dan
Pese a su lado destructivo, los volcanes aportan también beneficios notables. Las cenizas volcánicas enriquecen el suelo con nutrientes, dando lugar a algunos de los terrenos agrícolas más fértiles del mundo. El calor volcánico se aprovecha como energía geotérmica, especialmente en Islandia, generando electricidad y calefacción sostenible. Los paisajes volcánicos atraen turismo, impulsando la economía local. Las erupciones pueden incluso crear islas nuevas, expandiendo el territorio de forma natural. La roca volcánica y el basalto se emplean como materiales de construcción. Y los volcanes funcionan como auténticos laboratorios naturales para la investigación científica en vulcanología, clima y ecología.
Los volcanes son, en definitiva, fuerzas de creación y destrucción a la vez: moldean el paisaje, ponen a prueba a las poblaciones que viven cerca de ellos y, pese a todo, siguen fascinando a quienes los estudian.
¿Conocías algún volcán cerca de donde vives? Cuéntamelo en los comentarios 👇
¿Te ha gustado este resumen? Sígueme para más apuntes de Geografía de Secundaria y Bachillerato.